El contexto cultural define el desarrollo de las infancias en el mundo

De acuerdo con la UNICEF, en 2023 la población de personas menores de 18 años sumaba 2,415’319,658 (2 mil 415 millones, 319 mil 658).

El 90% de esa población se encuentra en países de ingresos bajos y medianos.

África y Asia albergan las mayores proporciones; África subsahariana destaca por su alta tasa de natalidad, mientras que regiones como Europa experimentan un envejecimiento poblacional.

Se proyecta que para 2050, el 35% de la juventud mundial vivirá en África, frente al 20% en 2017.

En 2020, había aproximadamente 1,200 millones de jóvenes entre 15 y 24 años y representaban el 16% de la población mundial.

A nivel global, los menores de 15 años representan poco más del 25% del total de la población, una disminución significativa respecto a la década de los 60 (38%).

Unos 125 millones de adolescentes viven en zonas de conflicto armado.

En México, la población de 0 a 17 años está equilibrada en género (49.1% mujeres, 50.9% hombres), con una distribución interna donde Chiapas tiene la mayor proporción de menores y Ciudad de México la menor.

Una perspectiva intercultural sobre la infancia

La infancia, la crianza y el cuidado infantil son aspectos del desarrollo humano que, en gran medida, se dan por sentados en una misma cultura, sin embargo, las concepciones de la infancia varían entre países y pueblos del mundo.

Una investigación transcultural, mediante las bases de datos eHRAF ​​World Cultures y eHRAF ​​Archaeology, permite comparar y contrastar aspectos de la infancia en diferentes culturas.

Desde la década de 1950, los investigadores transculturales han estudiado la variación cultural en el trato a infantes, y han publicado numerosos trabajos sobre las posibles causas y consecuencias de estas variaciones.

La antropología de la infancia ha cobrado mayor relevancia en el ámbito académico recientemente, quizás gracias a los libros comparativos del profesor David Lancy: La antropología de la infancia: querubines, objetos, niños cambiados (2015), Perspectivas antropológicas sobre los niños como ayudantes, trabajadores, artesanos y obreros (2017) y Criando a los hijos: perspectivas sorprendentes de otras culturas (2017).

En el primer libro, Lancy utiliza ejemplos del pasado y del presente de distintas regiones del mundo, revelando nociones culturales alternativas sobre las infancias, cuyos individuos son tratados como seres inocentes, molestias o posesiones mercantilizadas por padres y madres de famila, personas cuidadoras y tutores.

El segundo libro se centra en la importancia de la “ayuda” en la primera infancia, que suele transformarse en trabajo durante la niñez intermedia.

El tercer libro pone en perspectiva la crianza de los hijos en Occidente, comparando las prácticas de crianza con las de otras sociedades.

Lancy ha captado la fascinación de los padres más allá del ámbito académico al cuestionar muchas ideas preconcebidas sobre la infancia en la sociedad occidental.

Como explica el autor:

“He logrado debilitar el monopolio intelectual que la cultura occidental de clase media ejerce sobre las ideas relativas a la crianza y el desarrollo infantil. Una revisión exhaustiva de la infancia —con la inestimable ayuda de eHRAF— a partir de archivos etnográficos me ha permitido ofrecer una perspectiva intercultural y claramente diferente de la infancia ‘normal’”.

¿Normal o raro?

En las denominadas sociedades WEIRD (occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas), la responsabilidad recae principalmente en los padres y las madres de familia o figuras parentales, quienes no solo deben criar a sus hijos, sino también enseñarles y guiar su desarrollo intelectual y social desde la edad más temprana posible, incluyendo intentos de influir en el feto en el útero (Lancy 2010: 80). Este enfoque proactivo e instructivo, que puede incluir cantarle al bebé en el vientre materno y proporcionarle juguetes educativos con la guía de los padres durante toda la infancia, contrasta marcadamente con el enfoque del desarrollo infantil que se encuentra en la mayoría de las sociedades no WEIRD.

Los ejemplos etnográficos de la base de datos eHRAF ​​World Cultures ilustran eficazmente algunas de las maneras en que la cultura influye en el desarrollo infantil. Si bien los padres occidentales pueden estar más familiarizados con la noción cultural de que la crianza exige una participación activa de los cuidadores hasta que el niño sea autosuficiente, otras culturas pueden permitir que los niños exploren libremente como una forma de autoeducación. Es posible que se les permita “encontrar su propio camino” desde una edad mucho más temprana de lo que los occidentales están acostumbrados. Además, la condición de persona de un niño puede reconocerse antes o después en el ciclo de vida en algunas sociedades en comparación con otras.

Entre los igbo de Nigeria, por ejemplo, Basden (1966: 65) observa que “a partir de los tres años, aproximadamente, se considera que el niño igbo está lo suficientemente desarrollado como para valerse más o menos por sí mismo. Comienza a relacionarse libremente con niños de su misma edad o grupo (otu) y a participar en el trabajo y el juego”.

El trato que reciben los niños puede depender de factores culturales como el tipo de subsistencia, la actividad económica, la estructura familiar o comunitaria y los patrones de residencia. En algunas sociedades, los padres protegen y resguardan a los bebés durante largos periodos; mientras que en otras, se espera que sean independientes y resilientes desde temprana edad, y rara vez se excluye a los niños de las actividades adultas; por el contrario, se integran fácilmente en la economía doméstica.

Para los semai, un pueblo de cazadores-recolectores de Malasia, los padres no enseñan a sus hijos de forma sistemática habilidades específicas para la vida o el trabajo, ya que esto sería coercitivo y perjudicial para el niño:

“Los semai niegan enfáticamente que eduquen a sus hijos. Un hombre podría decir: ‘No nos preocupamos por nuestros hijos. No nos metemos con ellos. Crecen aquí en la selva como animales. Nosotros nos cuidamos, ellos se cuidan’” (Dentan 1978: 98).

Los niños siguen a los adultos, especialmente a sus padres o abuelos, imitando sus actividades de forma sutil, hasta el punto de colaborar. … Cuando no hay adultos cerca, los niños suelen participar solos en las actividades de los adultos (Dentan 1978: 126-127).

De igual modo, los padres no esperan proteger a sus hijos de todos los peligros potenciales de la vida cotidiana. A diferencia de los miembros de la sociedad WEIRD, las actividades diarias de los adultos, como el manejo de herramientas afiladas, no están prohibidas para los niños. Para los san (cazadores-recolectores) del sur de África, la relación entre niños y adultos es relajada y natural. Los adultos no creen que los niños deban mantenerse apartados: ser vistos pero no oídos. La organización del trabajo, el ocio y el espacio vital es tal que no hay razón para confinar a los niños ni excluirlos de ciertas actividades. Todos viven en la superficie plana del suelo; por lo tanto, no hay necesidad de proteger a los niños de caídas o de quedar atrapados tras las puertas. Con excepción de las lanzas y las flechas envenenadas, las herramientas de los adultos no representan un peligro para los niños. Estas armas simplemente se guardan colgadas de los árboles o encajadas en la parte superior de una cabaña, fuera de su alcance. Cuando los hombres fabrican puntas de lanza y flecha, no intentan excluir a los niños de la zona (Draper 1976: 205-6).

Naturalmente, los padres de familias de cazadores-recolectores deben ser más cautelosos y restrictivos fuera del asentamiento, donde sus hijos probablemente se enfrentan al peligro de los depredadores y el entorno hostil. Los dos ejemplos anteriores de sociedades de cazadores-recolectores muestran algunos rasgos comunes: el tipo de subsistencia y la estructura social resultante, junto con la cercanía a la familia extensa y otros miembros de la comunidad, permiten que la enseñanza se desarrolle de forma comunitaria. Los límites entre el trabajo y el juego, a medida que los niños aprenden y crecen, no son especialmente claros, y el comportamiento infantil no siempre se supervisa ni se corrige.

En las sociedades donde la división del trabajo es más rígida, sin embargo, podríamos señalar que se espera que los niños realicen la totalidad del trabajo de los adultos tan pronto como les sea posible contribuir.

En la sociedad pastoril kurda de Irak, Hansen (1961: 49) observa que los niños desempeñan un papel en la diferenciación del trabajo, con tareas específicamente asignadas para ellos: “La mujer que prepara el té no participa en servirlo y nunca se mueve de su posición detrás del samovar… Por regla general, es trabajo infantil. Desde el momento en que son capaces de mantener el equilibrio en el suelo con un vaso y un platillo en una mano, participan en esta ceremonia”.

De manera similar, los niños tonganos crecen en una sociedad hortícola donde “comienzan a practicar tareas antes de que se espere que sean capaces de realizarlas. Los niños pequeños intentan barrer hojas, cortar el césped con un machete o pelar verduras y, por lo general, se les permite manejar las herramientas necesarias para tales tareas” (Lee 1996: 160).

Otros padres pueden intervenir de maneras más específicas para moldear el desarrollo de sus hijos. Por ejemplo, Caughey (1977: 42) explica cómo los padres chuuk en Micronesia pretenden fomentar rasgos de carácter deseables en sus hijos:

Esta preocupación se refleja en parte en las primeras técnicas de socialización, como la administración de medicinas mágicas a los bebés. Por ejemplo, se cree que una poción secreta conocida como “medicina de la valentía” (sáfeyen pwara) ayuda a desarrollar esta cualidad en el carácter del niño.

La imagen de un niño pequeño blandiendo un machete puede ser común en muchas sociedades, pero puede causar gran incomodidad en quienes viven en sociedades occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas (WEIRD, por sus siglas en inglés).

Este contraste revela las diferentes concepciones de la infancia “normal” que existen en todo el mundo. La investigación transcultural, respaldada por el contexto etnográfico como el que se encuentra en la base de datos eHRAF ​​World Cultures, no solo permite descubrir diferencias entre culturas, sino también encontrar similitudes que pueden ser universales entre las poblaciones humanas.