En 1950, las mujeres latinoamericanas tenían, en promedio, seis hijos. En 15 países de la región la media subía a siete niños. Hoy día, los cambios de vida, el acceso a la educación, el mundo laboral y la disponibilidad de métodos anticonceptivos, detonaron algunos cambios.
En menos de un siglo, con mayor o menor rapidez, los países latinoamericanos vieron caer drásticamente su tasa de fecundidad. En promedio, según la CEPAL, cada mujer en la región tiene 1.8 hijos y se proyecta que esa cifra seguirá bajando: 1.68 en 2050 y 1.65 en 2100. La mínima está en Chile (1.14) y la más alta, en Haití (2.63).
De acuerdo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas, el número promedio de hijos nacidos vivos por mujer en los países latinoamericanos presenta una brecha significativa entre las naciones con mayor y menor fecundidad. Haití encabeza la lista con 2.7 hijos por mujer, mientras que Uruguay, Chile, Cuba y Costa Rica se sitúan en el extremo opuesto, con apenas 1.5.
Este descenso en la fecundidad se asocia con múltiples factores: el aumento del acceso a métodos anticonceptivos, el mayor nivel educativo de las mujeres, el retraso en la maternidad y cambios en los estilos de vida y expectativas familiares. Países como Argentina (1.9), México (1.8) y Brasil (1.6) reflejan esta tendencia de manera clara, con cifras por debajo del nivel de reemplazo generacional, que se estima en 2.1 hijos por mujer, indica el portal Statista.
En contraste, naciones como Paraguay, Guatemala y Honduras mantienen tasas superiores a 2.3 hijos por mujer. El fenómeno de la caída de la fecundidad en la región plantea nuevos retos para los Estados. A mediano y largo plazo, el envejecimiento poblacional, la reducción de la población económicamente activa y la sostenibilidad de los sistemas de pensiones serán temas centrales en la agenda pública.
La CEPAL plantea que se trata de una transición demográfica muy rápida, más rápida que la de Europa, y lleva a una aceleración del proceso de envejecimiento de la sociedad latinoamericana.
Con una tasa por debajo del nivel de reemplazo, en algunas décadas la población latinoamericana podría dejar de crecer o incluso comenzar a reducirse. Las diferencias entre países se van disipando y convergen en un escenario parecido.
Expertos señalan que la población de Uruguay prácticamente no creció, de acuerdo con el último censo, y las previsiones para los próximos años, si la tendencia sigue, es que la población no va a crecer en términos absolutos. Estos ingresos han mitigado la caída de la fecundidad en algunos países, pero con el tiempo la tendencia sigue su curso.
La paradoja latinoamericana
Nacen menos personas, pero también viven más tiempo. Latinoamérica, antes catalogada como joven, ahora envejece. La región sigue los pasos de Europa en la caída de los nacimientos, pero el proceso latinoamericano tiene sus particularidades.
Al comenzar este siglo, la tasa ya había bajado a dos hijos en promedio. Sin embargo, la región mantenía una fecundidad adolescente muy alta con respecto al mundo, la segunda después de África.
La puesta en marcha de programas estatales de prevención y los avances en salud sexual y reproductiva contribuyeron a disminuir el embarazo en este grupo etario y a la fecundidad total que hoy se observa. Esto podría representar un aplazamiento de la llegada del primer hijo hasta etapas posteriores, en que se elevarían en algo las cifras. Sin embargo, no es seguro que estas mujeres opten finalmente por tener hijos.
Estamos en un momento de cambios. Incluso en países como México y Colombia, en que la fecundidad ya está bastante baja, todavía entre adolescentes hay márgenes para que baje todavía más, señalan estudiosos.
Desafíos y éxitos
Una sociedad más envejecida, en que hay más personas en edad de jubilar y menos en edad de trabajar, supone una serie de retos para la economía, las políticas sociales, el sistema de salud, los cuidados de las personas mayores y las pensiones. Esto, en un contexto de familias más pequeñas y con el creciente ingreso de las mujeres al mundo del trabajo.
Ante voces alarmistas por la baja natalidad, algunos llaman a mantener una mirada objetiva, porque estas cifras demuestran que las campañas de uso de anticonceptivos funcionaron, llevando a las mujeres a tener empoderamiento y posibilidad de tomar decisiones, al mismo tiempo que estudiar y entrar al mercado laboral, que ha sido una de las razones en la disminución en el número de hijos y al aumento en la edad del embarazo.
Y aunque las cifras siguen altas, ha descendido el embarazo en adolescentes y en menores de edad, un grupo en que la maternidad mayoritariamente no es planificada ni deseada, y muchas veces se mezcla con temas de violencia o de falta de preparación.
Los expertos coinciden en que los Estados deberían revisar con atención los cambios y las proyecciones en la estructura de la población, y plantear reformas con un enfoque en el bienestar y el desarrollo, sobre todo de los sectores más desfavorecidos. Esto incluye fortalecer los sistemas de salud, de cuidados, pensiones y educación, de acuerdo con la nueva realidad.
Por otra parte, el hecho de que más mujeres se incorporen al trabajo contribuirá a sostener la productividad y las pensiones. Y los presupuestos estatales podrán brindar mayor calidad y servicios a una población infantil más reducida.
¿Políticas pro natalidad?
La políticas para favorecer la natalidad en general no funcionan o tienen resultados muy a corto plazo, además, no son sostenibles ni efectivas; los gastos y desafíos de la maternidad son más duraderos y van más allá del factor monetario.
En cambio, políticas sostenidas en el tiempo, que encaran diversas dimensiones e incluyen desde transferencias económicas y jornadas escolares extendidas hasta amplias licencias parentales, permiten que las mujeres mejoren la gestión del tiempo; esas medidas también atienden a las personas que tienen problemas de conciliación entre el trabajo y los cuidados familiares.
Especialistas consideran que estas medidas combaten la pobreza, son pro-género, contribuyen a la igualdad, pero en cuanto a efectos en la tasa de natalidad, su efecto es muy marginal. Más que buscar que nazcan niños, expertos plantean que los Estados deberían apoyar a quienes deciden tenerlos, especialmente si enfrentan dificultades biológicas o económicas.
Detrás de los datos demográficos y las nuevas estructuras poblacionales, hay sociedades más urbanizadas y modernas, donde las personas tienen altas expectativas en la vida, buscan la realización personal y enfrentan desafíos económicos. En la búsqueda de las condiciones idóneas para tener hijos, ya sea de pareja o financieras, la decisión se dilata, pero también un segmento optará directamente por no tenerlos.


