Cambio climático y especies migratorias: una relación que puede cambiar la biodiversidad

Los seres humanos migramos. Eso no es un secreto para nadie. Algunos animales también lo hacen, sin maletas ni pasaportes, pasando fronteras, océanos, ríos, llanuras y selvas. A estas especies que van de un lugar a otro a lo largo de su ciclo de vida se les conoce como especies migratorias. Algunos de los ejemplos que más escuchamos son las ballenas, los jaguares y algunos peces como los grandes bagres.

Es importante resaltar que para calificar a una especie de migratoria, debe hacer movimientos persistentes y con una duración, dirección y alcance superiores a sus recorridos rutinarios. Igualmente, deben tener características fisiológicas, anatómicas y conductuales que garanticen el uso de energía que requieren los movimientos antes mencionados.

Su migración, y paso por diferentes espacios, proporciona varios beneficios al Planeta, pues representa fuente de alimento, polinización de plantas, transporte de nutrientes y semillas, cacería de plagas y, además, almacenamiento de carbono. Es por esto que es un deber de los seres humanos cuidar estos animales que se mueven entre países o en caminos que atraviesan diferentes latitudes y altitudes.

Hay cambios que se producen en todas las latitudes del planeta sin que nos percatemos de ellos y, sin embargo, alteran las zonas de distribución de las especies vivas de las que dependemos directamente. Esa redistribución de los seres vivos es un resultado palpable del desplazamiento invisible de las isotermas, esto es, del hecho de que las líneas cartográficas de los puntos de la Tierra que tienen la misma temperatura media se estén deslizando, como si de ondas se tratara, hacia los polos y las cumbres montañosas a causa del calentamiento global. Para poner de manifiesto esos cambios en el reparto de las especies vivas es preciso acopiar cantidades considerables de datos, tanto históricos como recientes, sobre la diversidad biológica.

Para los ecosistemas terrestres, los científicos han demostrado la existencia de migraciones que se orientan en latitud hacia los polos terrestres y en altitud hacia las cumbres de las montañas. Esto concierne a los mamíferos, las aves, los anfibios, los peces de agua dulce, los insectos e incluso los organismos más estáticos como las plantas. Y sin embargo, la velocidad media de migración de estos organismos es ampliamente contenida por la fragmentación de los hábitats vinculada a las actividades humanas.

Al menos ese es el caso en las zonas de montaña, donde el impacto de las actividades humanas se ha reducido y donde las isotermas se han acercado más. En Francia, por ejemplo, en el periodo 1971-1993 el ritmo medio de migración en altura de las especies vegetales forestales se cifró en unos 30 metros por decenio. Impulsadas por el ascenso de las temperaturas y el deslizamiento de las isotermas, muchas especies vegetales han colonizado ya las cimas de varios macizos montañosos de Europa. Las observaciones realizadas en 302 cumbres montañosas de este continente muestran que el número de especies vegetales que han colonizado las cumbres aumenta con el tiempo y que la tendencia a ese incremento se acentúa a medida que se acelera el calentamiento climático. Por término medio, en el 87% de las cimas observadas en Europa el aumento de especies durante el decenio 2007-2016 fue cinco veces mayor que en el decenio 1957-1966.

Nueva cohabitación de las especies

Estos fenómenos se traducen en una nueva cohabitación entre especies vegetales endémicas de algunas cumbres, y otras más competitivas de zonas montañosas más bajas. El incremento de la biodiversidad en las cumbres de los macizos europeos puede parecer a priori positivo, pero puede que con el tiempo la competición entre las especies vivas colonizadoras y las endémicas sea desfavorable para estas últimas y acarree la extinción total de algunas de ellas. Este desenlace fatal ya se ha observado en las cordilleras del Perú con respecto a las aves: de las 16 especies catalogadas de aves que en 1985 vivían en cimas de más de 1,300 metros de altura, tan solo se pudieron inventariar ocho en 2017.

En los ecosistemas marinos, la mayoría de los organismos es muy sensible a la subida de temperatura. De ahí que sus migraciones hacia los polos de la Tierra sean mucho más rápidas e importantes que en el medio terrestre. La migración media de los organismos marinos es de unos 60 km por decenio en dirección a los polos, esto quiere decir que su velocidad es de cinco a seis veces superior a la de los terrestres.

Algunos estudios han demostrado que además hay migraciones verticales de diversas especies de peces marinos que van en búsqueda de zonas más profundas para escapar al aumento de la temperatura en las aguas superficiales. En el Mar del Norte, por ejemplo, en el periodo 1980-2004, los peces de la zona nerítica, o cercana a los fondos marinos, emigraron hacia el fondo a un ritmo de cuatro metros por decenio. Estos rápidos desplazamientos de la biodiversidad marina hacen que los mares y océanos sean los mejores indicadores de alerta de las consecuencias del calentamiento climático en la redistribución de los seres vivos.

El ser humano depende de la diversidad biológica para su alimentación, salud, bienestar, actividad productiva, recreo y enriquecimiento cultural. En consecuencia, cualquier redistribución global de dicha diversidad tendrá repercusiones en esos aspectos. El desplazamiento de las especies de los recursos haliéuticos (asociados a la pesca) influyen directamente en la alimentación humana. Es el caso, por ejemplo, de los bancos de caballas del Atlántico Norte, cuya migración hacia zonas más septentrionales a partir de 2010 generó conflictos económicos y geopolíticos importantes entre los países europeos que pescan en esa parte del mundo.

Nueva fuente de conflictos entre países y de riesgos para la salud

Dado que la biodiversidad no tiene fronteras, es previsible que aumenten las tensiones y los conflictos entre países vecinos por el desplazamiento de especies vivas comercializables de una zona económica a otra. El reparto geográfico del conjunto de bienes y servicios proporcionados por la biodiversidad se redistribuirá por completo a escala planetaria.

Otro tanto ocurrirá con organismos patógenos causantes de enfermedades. Con el calentamiento climático la aparición de nuevos portadores de enfermedades (garrapatas y mosquitos) en latitudes y alturas de la Tierra donde antes no existían ya es una realidad, con lo que eso implica en materia de costos sanitarios, sociales y económicos que es preciso anticipar.

El calentamiento climático favorece la migración de los mosquitos portadores del paludismo

En América Latina y en África Oriental, las poblaciones de las regiones montañosas están actualmente más afectadas por el paludismo que en el pasado. El ascenso de las temperaturas propicia la migración altitudinal de los mosquitos portadores de los parásitos causantes de esta enfermedad. En la Europa del Norte, los veranos más secos y los inviernos más templados están alterando el número y la distribución geográfica de mamíferos pequeños como los roedores, parasitados por la garrapata Ixodes ricinus, vector de la bacteria patógena Borrelia burdorferi causante de la enfermedad de Lyme.

Además de su repercusión directa sobre la salud y el bienestar humanos, la redistribución de las especies vivas influye indirectamente en la propia dinámica del calentamiento climático. En el Ártico, la proliferación de maleza en la tundra y la progresión del bosque boreal hacia el norte, son dos factores que, unidos al deshielo del casquete boreal, conducen a la reducción del albedo (la capacidad de reflejar la energía luminosa) del Polo Norte y acentúan el calentamiento.

Una respuesta al calentamiento climático

La redistribución de los seres vivos no es un fenómeno forzosamente sincrónico con el calentamiento climático. Por lo general, la velocidad media de la progresión de las especies vegetales forestales hacia las cumbres de las montañas (18 metros por década) es dos veces menor que la velocidad a la que se desplazan las líneas isotérmicas en altitud (40 metros por década de media). En el caso de las especies vegetales forestales, la reproducción es el único medio de desplazar, mediante la dispersión de semillas, la siguiente generación de su especie. Solamente las semillas dispersadas en condiciones climáticas favorables llegan a germinar y permiten que se implante una nueva población vegetal, más allá del área inicial ocupada. Las especies como los árboles, cuyo ciclo de vida es largo y lento, tardan más en responder, lo que implica que, incluso si el calentamiento se detuviera hoy, se seguirían produciendo cambios en su distribución en las próximas décadas.

La redistribución de las especies vivas a raíz del calentamiento global plantea nuevos desafíos. Es, por tanto, urgente intensificar los esfuerzos encaminados a apoyar la investigación para mejorar nuestra comprensión de las repercusiones acarreadas por este fenómeno, y tener en cuenta las decisiones políticas y económicas. Solo una gobernanza internacional adecuada que tenga en cuenta esa dinámica global, permitiría reducir al mínimo las consecuencias negativas potenciales de la redistribución de los seres vivos en nuestro bienestar.

(Con información de UNESCO)