El Toro, así lo apodó la afición. Los toros son un símbolo de virilidad y hombría en la cultura hispana, y Fernando Valenzuela, implacable y elegante a la hora de pitchar, demostró que era digno del sobrenombre durante su carrera en los Dodgers.
Zurdo de nacimiento, la carrera de Valenzuela reviste gran importancia para los latinos del sur de California y más allá.
En 1981Valenzuela electrizó a un estado que por mucho tiempo había tratado a sus residentes mexicanos como si fueran sirvientes; ganó el Cy Young y el Novato del Año, mientras impulsaba al equipo a su primera victoria en la Serie Mundial en 16 años.
Valenzuela le demostro a la Liga Mayor de Beisbol que los latinos pueden ser superestrellas y no fracasados con mal carácter.
Inspiró a los latinos a apoyar a una franquicia cuyo pecado original fue construir un estadio de beisbol en el lugar de barrios que la ciudad había demolido en nombre del progreso.
En todo eso podría pensarse al conocer la noticia de su muerte, a los 63 años.
En Latinoamérica, los toros son venerados porque luchan hasta una derrota inevitable. Los toros son sacrificados para el espectáculo público. Con suerte, sus cabezas son disecadas y exhibidas como un trofeo.
Y algo similar le pasó a la carrera de Valenzuela.
El mánager de los Dodgers, Tommy Lasorda, lo puso a jugar hasta que su otrora poderoso brazo izquierdo colgaba como una liga rota: otro mexicano más, agotado y poco apreciado en Los Ángeles.
El equipo agradeció el sacrificio, despidiéndolo antes del inicio de la temporada de 1991. Durante los últimos siete años de su carrera en las Grandes Ligas, el héroe quedó reducido a un jugador de medio pelo que rebotó entre cinco equipos, un personaje secundario contratado principalmente para llenar las gradas con fanáticos que aún lo adoraban y lo vitoreaban coreando su apodo.
Los Dodgers contrataron a Valenzuela de vuelta en 2003 como comentarista en color para sus transmisiones en español, pero nunca recurrieron a sus conocimientos de beisbol para entrenar a la nueva generación de jugadores.
Lo exhibieron como un trofeo para demostrar cuánto apreciaban a su afición latina, un recordatorio de lo que fue, incluso cuando muchos se preguntaban qué podría haber sido.
Sus estadísticas de carrera —173 victorias, 153 derrotas, una efectividad de 3.54 y un WAR de 37.4— son buenas, pero no dignas de un Salón de la Fama. Los Dodgers ni siquiera se molestaron en retirar su número de camiseta, el 34, hasta el 2023.
Sin embargo, muchos fanáticos de los Dodgers han argumentado que Valenzuela merece un lugar en el Salón de la Fama debido a su impacto cultural.
En un deporte ahora reducido a algoritmos y relojes de lanzamiento, Valenzuela representa más que un equipo o una carrera. Fue la magia del béisbol en su máxima expresión.
El béisbol, más que cualquier otro deporte, ve surgir jugadores que transforman el juego y la imaginación. Personifican intangibles que jamás podrán cuantificar los más avezados porque reúnen esperanza, pasión, alegría y brillantez.
Así fueron Babe Ruth y Jackie Robinson. Allí también está Fernando Valenzuela.
Cuando la afición piensa en él no pueden recordar una jugada en particular en la que participó, o un juego aparte de su juego sin hits de 1990. Piensan en el mítico Valenzuela de 1981, el tímido y corpulento lanzador con una forma de lanzar poco convencional que lo conquistó todo entregándolo todo.
Su cuerpo físico se fue, pero su espíritu nunca lo hará.


