El futbol es la industria deportiva más lucrativa del planeta, moviendo un mercado que supera los $28,000 millones de euros anuales según estimaciones de Deloitte y la consultora Sports Value.
De acuerdo con el Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques, las copas mundiales varoniles organizadas por la Federación Internacional Futbol Asociación (FIFA) no son solo eventos deportivos; constituyen proyectos en los que los gobiernos invierten con la expectativa de obtener beneficios económicos, políticos y reputacionales. Con frecuencia, estos torneos se presentan como detonadores del crecimiento económico, el turismo y la inversión para sus anfitriones, lo que explica el interés de numerosos países por organizarlos. Sin embargo, la economía de los mundiales es más compleja de lo que se plantea inicialmente, ya que puede generar pérdidas considerables.
El economista Victor Matheson sostiene que las proyecciones sobre el crecimiento económico asociado a un Mundial tienden a sobrestimar sus beneficios. Como evidencia de ello, analizan los torneos celebrados entre 1970 y 2002, y concluye que los países anfitriones registraron, en promedio, un crecimiento del PIB de 2.4% inferior el año del torneo. Pese a esta evidencia, ¿por qué los gobiernos continúan buscando ser sede de la Copa del Mundo? Se debe a que estos eventos masivos funcionan como instrumentos de posicionamiento internacional, legitimación política y proyección simbólica, aun cuando impliquen altos costos políticos, financieros y sociales.
Mundiales y la exposición internacional
La lógica anterior puede observarse en torneos como el de Sudáfrica en 2010. Aunque el país recibió solo a la mitad de los turistas previstos y el crecimiento económico alcanzó 2.6%, frente a 4.6% proyectado, el Mundial dejó efectos que trascendieron el ámbito estrictamente económico. Un estudio de los investigadores Busani Moyo y Tendai Gwatidzo, de la Universidad de Sudáfrica, evalúo el impacto del torneo en variables como la afluencia turística, la cohesión social y la proyección internacional del país. En su análisis, concluyeron que, aunque la Copa del Mundo no generó un crecimiento económico directo, sí benefició a fortalecer el optimismo nacional durante la etapa preparatoria, mejoró el posicionamiento internacional de Sudáfrica como destino turístico, impulsó proyectos de desarrollo urbano y reforzó su capacidad para atraer futuros eventos de alcance internacional. Este es un ejemplo clave de los beneficios de organizar una justa deportiva de esta naturaleza. Sin embargo, la exposición internacional no siempre es favorable. En mundiales como el de Brasil de 2014 y el de Catar de 2022, la atención mediática evidenció condiciones indeseables para la comunidad internacional.
En el primer caso, el Mundial de Brasil se tradujo tanto en pérdidas económicas como en un deterioro de la imagen internacional del país. Tras una inversión de 13,500 millones de dólares, una cifra que superó las estimaciones iniciales, el torneo no produjo los resultados esperados con el plan de mejoras en transporte público e infraestructura urbana. En consecuencia, el evento estuvo acompañado por protestas masivas contra el elevado gasto público, la corrupción y el incumplimiento de los compromisos asumidos de inversión. Así, Brasil fue cuestionado sobre la capacidad del Estado para organizar mega eventos de forma eficiente, a 2 años de las Olimpiadas de Río de Janeiro de 2016. Estos eventos y su organización coincidieron con un contexto de crisis económica y política que desembocó en la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia.
El Mundial de Catar dejó beneficios económicos y aceleró la diversificación del país, aunque también generó críticas por abusos contra trabajadores migrantes y por violaciones a derechos humanos. El Fondo Monetario Internacional señaló que la inversión pública en infraestructura, transporte y turismo, integrada a la estrategia de desarrollo del país y a su Visión Nacional Catar 2030, impulsó el crecimiento de los sectores no hidrocarburíferos y fortaleció la actividad económica a mediano plazo. Paralelamente, organizaciones como Amnistía Internacional documentaron que trabajadores provenientes principalmente de Bangladesh, la India y Nepal sufrían abusos sistemáticos que, en algunos casos, podían constituir trabajo forzado. Asimismo, se generó controversia al tratarse de un país con leyes y prácticas discriminatorias hacia la comunidad de la diversidad sexual, en tensión con los principios de no discriminación de la FIFA. En consecuencia, aunque el torneo consolidó cierto prestigio internacional para el país por llevar a cabo el evento exitosamente, también tuvo amplias críticas internacionales por violaciones a los derechos humanos.
La concentración de los beneficios
Más allá de las diferencias entre los países anfitriones y de los beneficios económicos temporales que pueden obtener, hay un actor que concentra la mayor parte de las ganancias generadas por la Copa del Mundo: la FIFA. El organismo controla las principales fuentes de ingresos del torneo, entre ellas los derechos de transmisión, los patrocinios internacionales, las licencias comerciales, la venta de boletos y los paquetes de hospitalidad. Para la edición de 2026, se proyectan ingresos superiores a los 13 000 millones de dólares, una derrama económica histórica para esta competencia.
Además, la FIFA ha incorporado un sistema de precios dinámicos para la venta de boletos que responde a su demanda. Por lo cual, la Federación no solo maximiza sus ingresos, a un nivel muy por encima de las ganancias de los anfitriones, sino que también excluye del evento al público tradicional. En ese sentido, el Mundial de 2026 marcará un punto de inflexión de la economía del deporte internacional, redefiniendo la relación entre la afición, el deporte y el mercado.
En México: ¿y si sí?
En el caso de la edición organizada conjuntamente por Canadá, Estados Unidos y México, el torneo también ha reforzado la narrativa de integración regional, aunque las estimaciones sobre su impacto económico difieren. Para México, diversos análisis prevén que el Mundial de 2026 generará derrama económica, aunque con magnitudes distintas. Deloitte Latinoamérica calcula un impacto favorable, mientras Moody’s anticipa un efecto moderado sobre el PIB, concentrado principalmente en las ciudades sede. Sin embargo, ha habido otra serie de beneficios, como el impulso de la narrativa de hospitalidad, la atenuación de la percepción internacional de inseguridad sobre México, así como encuentros diplomáticos relevantes, como la reunión de la presidenta Claudia Sheinbaum con el rey Felipe VI y el del Gobernador de Nuevo León, Samuel García, con la princesa Hisako de Takamado de Japón. Así, el país ha podido adoptar un optimismo nacional e internacional sintetizado en el lema “¿y si sí?” que ha permeado en los medios de comunicación y la afición mexicana.
En última instancia, los mundiales muestran que su valor para los gobiernos rara vez se centra en las ganancias económicas inmediatas. Más bien, funcionan como plataformas de legitimación política, construcción de imagen internacional y proyección simbólica de los Estados. Sin embargo, mientras los beneficios de prestigio suelen concentrarse en los grandes capitales y los organismos internacionales, los costos sociales, urbanos y humanos recaen en la población, volviéndolos más perjudiciales a largo plazo.

