Una ciudad segura no se mide solo por la calidad de su alumbrado, su transporte, la limpieza de sus calles o la accesibilidad de sus servicios públicos. Para las mujeres y las niñas de todo el mundo, la seguridad suele medirse en pequeñas decisiones cotidianas.
Preguntas cotidianas
¿Qué ruta se siente más segura durante el día y después del anochecer? ¿Puede una vendedora ambulante vender sus productos sin temor a sufrir violencia sexual e intimidación? ¿Pueden las niñas ir y volver de la escuela sin ser acosadas sexualmente? ¿Puede una mujer esperar el transporte, usar un baño público, estudiar, hacer ejercicio, reunirse con amistades o participar en la vida pública sin tener que calcular constantemente el riesgo de sufrir violencia?
Barreras
El miedo o haber experimentado la violencia sexual influyen en la posibilidad de que las mujeres y las niñas se desplacen libremente por los espacios públicos, obtener ingresos, permanecer en la escuela, accedan a servicios presenciales y digitales y participar en la vida comunitaria.
Abriendo caminos
La iniciativa global de ONU Mujeres “Ciudades Seguras y Espacio Públicos Seguros para las Mujeres y las Niñas”, que comenzó en 2011 con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y que ha contado además con el respaldo de otros socios donantes, como la Unión Europea, la República de Corea, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, los Países Bajos, GIZ y Polonia.
Tres lustros después
Quince años después de su creación, la iniciativa se implementa en 75 ciudades de 36 países, mediante alianzas con gobiernos locales y nacionales, organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres, grupos comunitarios, empresas y otros socios, con el fin de prevenir y responder al acoso sexual y otras formas de violencia contra las mujeres y las niñas en los espacios públicos.
Variaciones
La lección que nos dan esas ciudades es clara: no existe un modelo único. Una ciudad segura no se crea con una sola campaña, una sola ley, una sola ruta de autobús o un solo proyecto de rediseño. Se construye cuando se priorizan los espacios para la participación de las mujeres y las niñas y se escuchan sus voces. También se construye cuando las experiencias vividas por las mujeres dan forma a todo tipo de políticas, cuando los espacios públicos se planifican tomando en cuenta sus recomendaciones y cuando las comunidades cuestionan la idea de que el acoso sexual es inevitable.
Escuchemos
Las ciudades se están esforzando cada vez más por dar el primer paso: preguntar a las mujeres y las niñas qué está pasando, cuáles son sus necesidades y preocupaciones, y cuáles son sus propias ideas para superar los desafíos que enfrentan.
Evidencia local
En el enfoque de “Ciudades Seguras y Espacios Públicos Seguros para Mujeres y Niñas”, las ciudades participantes comienzan por recopilar evidencia local. Esto empieza con un estudio exploratorio que incluye una revisión documental de los datos cuantitativos y cualitativos disponibles, grupos focales y entrevistas para captar las voces locales clave. Algunas ciudades que participan en estos estudios también pueden organizar caminatas exploratorias de mujeres. El objetivo es comprender dónde ocurre el acoso sexual, quiénes son las más afectadas, quiénes son los agresores, qué hace que las mujeres se sientan inseguras y qué cambios desean ver.
La evidencia local es fundamental: cuando las ciudades escuchan a las mujeres e involucran a socios locales en la recopilación de datos, el problema se vuelve más difícil de ignorar y las soluciones adquieren mayor apropiación local, lo que favorece una implementación más efectiva.
Convertir la voluntad política en acción
Escuchar es solo el comienzo. Una ciudad se vuelve más segura cuando la voluntad política responde a la evidencia con acciones concretas.
En la práctica, eso significa que las leyes, las políticas, los presupuestos, los planes municipales, los sistemas de denuncia, la infraestructura y los servicios incorporen la perspectiva de género. También implica conectar a los equipos que dan forma a la vida cotidiana de la ciudad —policía, desarrollo urbano, transporte, vivienda, medio ambiente y desarrollo económico local para promover soluciones mejor coordinadas e integradas.
La seguridad de las mujeres no es un tema exclusivo de las mujeres. No puede quedar relegada a una sola oficina. Debe integrarse en los sistemas que dan forma a la ciudad.
Transformar los espacios que las mujeres utilizan a diario
Algunos de los cambios más importantes suelen ser aquellos que las mujeres pueden percibir en su vida cotidiana.
Las prácticas difieren porque las ciudades difieren. Pero comparten el mismo principio: la seguridad de las mujeres no es algo abstracto. Está integrada en el tejido de la ciudad, en sus autobuses, mercados, calles, lugares de trabajo, escuelas, baños, servicios y en la forma en que las personas utilizan el espacio público.
Cambiar las normas que permiten que el acoso sexual continúe
La infraestructura y las leyes son importantes. Pero una ciudad también debe cambiar las actitudes, los comportamientos y las prácticas institucionales que permiten que el acoso sexual se minimice, se justifique o se ignore.
En Montreal, Canadá, el gobierno local, el servicio de policía y la autoridad de transporte lanzaron una campaña de testigos activos para prevenir el acoso sexual en los espacios públicos. La campaña ofreció a las personas formas claras y prácticas de actuar si presenciaban un caso de acoso: crear una distracción, unir fuerzas con otra persona, pedir ayuda, documentar el incidente y brindar apoyo a la persona afectada.
Se difundió en espacios de transporte, bibliotecas y otras áreas públicas, y contó con el respaldo de un micrositio que conectaba a las víctimas y sobrevivientes con recursos comunitarios de primera línea. Los mensajes se desarrollaron junto con organizaciones comunitarias y grupos que defienden los derechos de las mujeres para que reflejaran las realidades locales.
El acoso sexual persiste cuando la gente mira hacia otro lado, minimiza los daños o lo trata como una parte normal de la vida urbana. Las alianzas de Ciudades Seguras desafían ese silencio.
Desplazarse sin miedo
Las ciudades se vuelven más seguras cuando las mujeres y las niñas participan en la toma de decisiones que afectan su vida cotidiana. Sus experiencias deben tenerse en cuenta en los presupuestos, las leyes, la planificación, los servicios y el diseño de los espacios públicos, no como algo secundario, sino desde el principio. Esa labor también depende de que muchos actores trabajen en la misma dirección: los gobiernos locales y regionales, las comunidades, las organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres, las personas trabajadoras del transporte, las y los comerciantes de los mercados, docentes, los cuerpos policiales, el personal municipal, así como los hombres y los niños.
Por eso la seguridad no puede separarse de la igualdad y el desarrollo sostenible. Cuando una mujer evita tomar una ruta de autobús, sale temprano del trabajo, deja de ir al mercado, decide no estudiar ni trabajar de noche o mantiene a su hija en casa porque la ciudad no es segura, toda la ciudad sale perdiendo.
En la CDMX
El programa Ciudad Segura y Amigable para Niñas y Mujeres en la CDMX se orienta a prevenir y abordar la violencia en los medios de transporte y espacios públicos. Surgió en el marco de la firma del Memorándum de Entendimiento entre CDMX y ONU Mujeres, y del ingreso al “Programa Global de Ciudades Seguras Libres de Violencia contra las Mujeres y las Niñas”, en marzo de 2015.
La política se diseñó a partir del estudio diagnóstico financiado por ONU Mujeres y el Instituto de las Mujeres de la Ciudad de México; fue realizado por un equipo interdisciplinario de El Colegio de México. El estudio incluyó una investigación sobre los usos y necesidades del transporte y espacio público de mujeres entre 15 y 34 años, la sistematización y análisis de fuentes estadísticas sobre violencia e inseguridad en la CDMX, y un análisis georreferenciado de delitos correlacionado con la red de transportes públicos.
El cambio es posible
La aplicación de Ciudades Seguras y Espacios Públicos Seguros para las Mujeres y las Niñas demuestran que el cambio es posible. Las ciudades pueden planificar e invertir de manera diferente, tomando en cuenta las necesidades y preocupaciones de las mujeres y las niñas,así como de los hombres y los niños.
Una ciudad se vuelve más segura cuando las mujeres y las niñas no tienen que adaptar sus vidas para moverse, sino que es la ciudad la que se adapta a sus vidas y a su seguridad, fortaleciendo así su autonomía y su capacidad para ejercer plenamente sus derechos.

