Así ha evolucionado el rastreo de corredores

El tracking de runners ha pasado de ser un ejercicio basado en la intuición y el cálculo manual a una industria hiperconectada regida por satélites, inteligencia artificial y biometría.

Es curioso que los propios griegos no recurrieran a Cronos, dios del tiempo, para medir los tiempos en las carreras. En aquellos primeros Juegos Olímpicos solo importaba quién ganara. Y tecnológicamente tampoco había forma de cronometrar carreras.

La evolución del tracking oficial de números de corredores (o dorsales) ha transformado por completo el atletismo popular y de élite. Lo que comenzó como un método manual propicio al error humano para saber quién cruzaba la meta, hoy en día es un ecosistema digital interconectado en tiempo real.

Rastreo multitudinario

La era manual y las lengüetas 

Originalmente, los jueces de carrera anotaban a mano en libretas los números de los corredores conforme cruzaban la meta.

Posteriormente se crearon los dorsales con una pestaña desprendible en la parte inferior. Al cruzar la meta, un juez arrancaba la lengüeta y la ensartaba en un cable en orden de llegada. Luego, esos papeles se cotejaban con los cronómetros manuales.

En carreras masivas era imposible dar un seguimiento intermedio; los familiares debían esperar en la meta sin saber si su corredor seguía en ruta.

El chip en los tenis 

En 1993, la empresa holandesa ChampionChip introdujo la tecnología de Identificación por Radiofrecuencia (RFID) en el running.

Se utilizaban chips de plástico duro (activos o semipasivos) que los corredores debían amarrar a las agujetas de sus tenis o usar en un tobillo.

Al pisar unos tapetes negros con antenas receptoras colocados en la salida, puntos intermedios (como el km 21) y meta, se registraba el código único del atleta. Esto trajo el concepto de “tiempo chip” (el tiempo real de carrera desde que pisas la salida) en contraste con el “tiempo oficial” (desde el disparo de salida general).

Estos adminículos eran costosos, por lo que, al terminar la carrera, los organizadores debían recuperarlos o cobrar una fianza.

Chips desechables en el dorsal 

Compañías como ChronoTrack e Ipico evolucionaron los sistemas hacia la tecnología UHF (Ultra Alta Frecuencia). Esto permitió crear chips planos, ligeros y flexibles (como las tiras BibTag o ThinTag) adheridos directamente detrás del número de papel.

El chip se volvió desechable y viene incluido en el paquete de corredor. Redujo los cuellos de botella en la meta porque ya nadie tiene que agacharse a quitarle los chips de los tenis a los corredores exhaustos.

Tracking digital en vivo y apps oficiales 

Actualmente, el número de corredor ya no es solo una referencia de cronometraje, es un localizador virtual.

Al pasar por los tapetes colocados en distancias clave, los decodificadores envían la información vía redes celulares (GSM) a la nube.

Las aplicaciones oficiales de eventos multitudinarios (como el Maratón de la CDMX o los World Marathon Majors) calculan el ritmo promedio del corredor. Con esto, la app simula un avatar interactivo en un mapa digital, permitiendo a familiares saber exactamente por qué calle va pasando el atleta en tiempo real, sin necesidad de que este cargue un teléfono o reloj GPS.

Rastreo personal

A nivel personal, la evolución del seguimiento en las carreras se divide en cinco grandes eras tecnológicas:

La era del cronómetro y los mapas (antes de los 2000)

Durante décadas, los corredores dependían de herramientas completamente análogas o digitales muy básicas:

  • Cálculo de distancia: Se medían las rutas previamente utilizando el cuentakilómetros del coche o mapas de papel en casa.
  • Control del tiempo: El mejor aliado era un reloj digital básico (como el icónico Casio F-91W) con función de cronómetro.
  • Registro: Los atletas llevaban un diario físico o libreta de entrenamiento donde anotaban a mano la fecha, el tiempo estimado y las sensaciones del día.

La llegada del GPS y los “ladrillos” 

A principios de la década de 2000, la tecnología militar de geolocalización se abrió al mercado comercial.

Marcas como Garmin adaptaron receptores de senderismo para corredores. Eran dispositivos enormes (conocidos como “ladrillos”) que se amarraban al brazo o se cargaban en riñoneras.

Estos dispositivos tardaban varios minutos en captar la señal de los satélites y la perdían fácilmente entre los árboles o edificios altos. A pesar de esto, permitieron por primera vez conocer el ritmo en tiempo real (pace) y la distancia exacta sin medir el mapa previamente.

Los smartphones y los podómetros 

Con la masificación de los smartphones y los acelerómetros integrados, el tracking se democratizó por completo.

Nacieron plataformas de software como Nike+ Running (que inicialmente requería un sensor físico en la plantilla de los tenis de Nike), Runkeeper y Endomondo.

Empezaron a popularizarse las bandas elásticas para el pecho que medían la frecuencia cardíaca mediante impulsos eléctricos, transmitiendo los datos al reloj de forma inalámbrica (tecnología ANT+).

Los smartwatches y la red social del deporte

Los relojes se volvieron autónomos, ligeros y estéticos; incorporaron luces LED traseras para medir las pulsaciones directamente en la muñeca, eliminando la molesta banda del pecho.

El lanzamiento y masificación de Strava transformó el running en una experiencia social. El tracking ya no era solo para análisis personal, sino para competir virtualmente con amigos en “segmentos” de calles o rutas y recibir felicitaciones digitales (kudos).

Métricas avanzadas e IA

Hoy en día, un reloj deportivo de gama media o alta recopila datos que antes solo estaban disponibles en laboratorios de alto rendimiento.

Se mide la oscilación vertical (qué tanto brincas), el tiempo de contacto con el suelo y la potencia de carrera en vatios.

Los dispositivos cruzan la variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV), las horas de sueño y el consumo de oxígeno máximo (VO2 Máx) para decirle al corredor exactamente cuánto tiempo debe descansar o predecir sus tiempos en un maratón