Caricaturas y series que marcaron a los niños de antes

Antes de las plataformas y el streaming, los niños esperaban pacientemente (no siempre) sus programas favoritos. Eran tiempos de dibujos animados que marcaron una época.

Los dibujos animados que hoy evocamos pertenecen a una época dorada de la televisión que definieron la infancia de los años 80 y 90 en México, pero fueron generados dos o tres décadas atrás.

No pertenecen al periodo de los veinte y los treinta del siglo pasado, tampoco las propuestas coloridas y extremas como Los Transformers y Jem y los Hologramas. Tampoco estamos recordando ahora a pilares del anime que definieron nuestra manera de ver televisión: Los caballeros del zodiaco y Candy Candy, por ejemplo.

Caricaturas de los años 60

Los años sesenta —en la animación occidental— corresponden a un episodio cultural marcado por tres factores importantes.

Primero, el hecho de que para entonces (por allá de 1964) se estima que el 90% de los hogares en Estados Unidos tenía televisión, en comparación con solo el 0.5% tras la II Guerra Mundial. La televisión se convirtió en la principal forma de entretenimiento en el mundo moderno.

El público infantil era enorme. Éste constituía una audiencia mucho mayor de lo previsto inicialmente. Y, claro, los ejecutivos de la TV estaban deseosos de capitalizarlo.

Conjugando los dos puntos anteriores, la temática de los programas animados cambió drásticamente. ¡Era una nueva época! The so-called space era. Los ojos estaban puestos en el futuro y la modernidad. La ciencia ficción estaba a tope. Incluso, si se revisaba el pasado —que también fue una cuestión sumamente importante esos días, se hacía con los ojos tecnológicos y sociales del presente y el mañana. De hecho, esto dio pie a que grandes tramas prehistóricas tuvieran un éxito rotundo —sabes a quiénes nos referimos—, al mismo tiempo que motivos y argumentos futuristas gozaran de relevante foco. A su vez, situaciones cada vez más adultas funcionaron de telón para nuevas fábulas con protagonistas animales cada vez más astutos que los vistos en el cine.

Las temáticas

Considerando todo lo anterior, personajes e historias que vivieran en otros tiempos se hicieron primordiales. Ya fuese explorando sus posibilidades como civilizaciones peculiares, muy propias de su propio ciclo, o incluso mezclando todas estas tesis. Conflictos intergalácticos podían sumar dinosaurios, rayos láser, naves espaciales, criaturas mitológicas, pantanos, ciudades de avanzada tecnología y un poco de magia. Todo era posible.

A esto se sumaron series de humor que usualmente eran protagonizadas por animales antropomórficos que vivían aventuras comunes, pero con un toque extraordinario de risas y misterio.

¿Autores intelectuales de esta revolución tanto narrativa como visual? Por encima de muchos, el dúo legendario (William) Hanna-(Joseph) Barbera. Un sello que resuena en nuestras cabezas cada que hablamos de caricaturas retro, ¿no es así?

En aquellos años —recordemos que estamos hablando de los 60—, en Estados Unidos el presupuesto típico para un cortometraje televisado rondaba los 3 mil dólares. O sea, bastante poco. Ante dichas limitaciones, el estudio de William Hanna y Joseph Barbera (veteranos de la animación cinematográfica), fundado en 1957, revolucionó el campo de la animación con diversas medidas rentables que ahorraban tiempo y que finalmente se conocerían como animación limitada. Un proceso que aún utilizan la mayoría de los animadores hoy, que consiste en dar vida sólo a ciertas partes de un personaje —como un brazo o una cabeza en un cuerpo inmóvil—.

Al echar mano de este método, la Warner y Disney criticaron muchísimo a dicho sello de animación, llegando a decir que no significaban competencia alguna o que se trataba de un estudio encargado de hacer ilustraciones para radio. Sin embargo, la visión de esta empresa cambió nuestras vidas, sentó las bases para la televisión contemporánea y nos dio más de dos mil personajes para ser felices.

Impacto en México

El asunto de la televisión en nuestro país era bastante particular. Los televisores eran grandes, pesados y a veces hasta calientes. No había controles remotos, recibían la señal “por aire” y, en su mayoría, eran blanco y negro, puesto que eran aparatos costosos que no muchas familias podían obtener. Y si a eso le sumamos el alto consumo en electricidad que conllevaban, la historia se complicaba aún más. Incluso, tras 1963 cuando se realizó la primera transmisión a color en México, gracias a la invención del ingeniero Guillermo González Camarena, no todas las personas contaban con esta posibilidad. Vecinos —chicos y grandes— que contaban con este privilegio llegaron a cobrar (algunos cuantos centavos) para que los niños del barrio entraran a sus casas a ver algún programa. Lo mismo con uno que otro partido de futbol.

Y dicho escenario, tomando en cuenta las economías familiares en el país, se alargó hasta los años 80 y, en algunos casos, bien entrados los 90. Tener un televisor en casa no era cosa sencilla para muchos. Ya si contabas con dos, tres o más, éste era un asunto “de ricos” que se sentía lejano para más de un alma.

La televisión de paga —o por cable— era punto y aparte. Tan lo fue así, que habiendo nacido también en los años sesenta ésta no tuvo ni un solo empuje notable hasta 1989. Y tampoco era algo que muchos hogares pudieran financiar para entonces. Lo que nos dejaba en manos de los “canales gratuitos” en México, cuyas programaciones estaban nutridas por las producciones de dos o tres décadas atrás, sin mucho acceso a la industria del entretenimiento que se estaba generando en tiempo real. Aunque decorosos esfuerzos de realización local e importación de contenidos también se hicieron para nuestra salud emocional; no todo fue una cucharada de pasado para nosotros.

Caricaturas retro que no podemos olvidar

De allí que, aún habiendo crecido en los años ochenta o noventa, nuestra televisión estuviera marcada por programas más o menos viejos. Por supuesto, allí estaban Garfield y sus amigos, Alvin y las ardillas o Los Snorkels, producto genuino para la Generación X y los millennials. Pero mucho de nuestro imaginario se construyó a partir de estas otras caricaturas oldies, que tal vez no tanta gente recuerde, que no significan absolutamente nada para alguien con menos de treinta años, pero que fueron el mundo para nosotros.

Los defensores interplanetarios

O Los Herculoides, siguiendo el diálogo de sus propios personajes (y título original). Creados y diseñados por el dibujante Alex Toth, estos seres vivían en un planeta lejano llamado Quasar en el territorio Amzot. Hermosos paisajes naturales, lagos, ríos extensos y selvas profundas en el espacio exterior eran el hogar para tres humanoides y cinco criaturas increíbles que a diario defendían su vida de temibles invasores. Imaginario primitivo se fundía en este serie con ciencia extraterrestre, valores y hasta ecología. Una joya total de tan solo 36 episodios.

Thundarr, el bárbaro

Algo así como el primer He-Man. Fundiendo magia y sociedades míticas en un mundo post-apocalíptico —en donde incluso se muestran ruinas de Nueva York, Los Angeles y otras ciudades del mundo—, esta serie es muestra de la fascinación que había en la época por historias del siempre excitante subgénero Sci-Fi: Sword and Planet.

Birdman y el Trío Galaxia

Una de las caricaturas retro más amadas por nuestras generaciones. Un peculiar programa dividido en tres segmentos; los dos primeros corresponden a Birdman, un superhéroe alado cuyos superpoderes provienen del Sol; otro más sobre El Trío Galaxia, que cuenta las hazañas de un equipo policial extraterrestre.

Jonny Quest

Aburrido para muchos, una genialidad para otros. Este programa cuenta las aventuras de un muchacho llamado Jonny Quest, quien acompaña a su padre, el Dr. Benton C. Quest, en sus viajes por el mundo y muchos conflictos en el camino. Su estilo: una delicia realista de encantadora simplicidad.

Shazzan

También creada por el famoso caricaturista Alex Toth, esta animación ultrasesentera nos narra las aventuras de dos hermanos mellizos, Chuck y Nancy, quienes son guiados y ayudados durante su travesía a través del País de las Mil y una Noches —algo así como la Arabia antigua— por Shazzan, un genio gigante, extrapoderoso y encantador.

Dino Boy en el valle perdido

Esto era trama y no remedos. Todd, el protagonista, es un niño que se vio obligado a saltar en paracaídas del avión en que viajaba junto con sus padres, tras un accidente, cayendo en un misterioso valle prehistórico donde dinosaurios, cavernícolas y tigres Dientes de Sable parecen haber sobrevivido al paso del tiempo. Así, se hace amigo de un gigantesco cavernario llamado Ugh, que junto a  una cría de brontosaurio (Bronto) le ayudará a sobrevivir en tan hostil escenario. ¿Alguna vez Todd volvió a casa? No lo sabemos.

La tonta bruja

Aquí las complicaciones del universo Sci-Fi frenaban. Pero las risas no… las aventuras de Brujilda, una hechicera buena y rolliza nunca estaban de más para hacernos carcajear y sentir que la vida no podía ir mal.

Inspector Ardilla

Una de las caricaturas retro favoritas tenía toda la lógica y estructura del cine de espionaje… pero infantil. Al más puro estilo de James Bond y El Superagente 86, junto a un compinche que emulaba a Ugarte (de Casablanca) llamado Morocco Topo, este inspector nos dio felicidad pura y no otra cosa.

El Show de Huckleberry Hound

La segunda serie de los estudios Hanna-Barbera hecha exclusivamente para televisión y, tal vez, el show que hizo realmente famoso a este sello productor. El programa constaba de tres segmentos: uno protagonizado por Huckleberry Hound, otro por el Oso Yogui —de aquí él ganó su propio programa— y su amigo el Oso Bubu, y uno final estelarizado por Pixie, Dixie y el gato Jinks.

Tiro Loco McGraw

Su show incluía además las series de Canuto y Canito y de Super Fisgón y Despistado, con una duración de media hora. Lo más interesante es que: Tiro Loco representa a un U.S. Marshall de Nuevo México que resulta ser un inepto total. Lento al hablar, su acento es de un estadounidense pesado que habla arrastrando las palabras; lo que se solucionó en el doblaje al español con un tono de voz gringooouuu. Una de las más increíbles decisiones jamás tomadas para las audiencias hispanohablantes. El número uno de las caricaturas retro para muchos de nosotros.

Lindo Pulgoso

Uno de los perros más inteligentes y geniales que nos pudo dar la televisión. Sardónico, ocurrente y de risa casi asmática, este buen sabueso siempre cuidaba a la dulce abuelita que lo cuidaba de todos los malhechores que le veían como posible víctima.

El show de la Pantera Rosa

No hay mucho qué explicar sobre esta genialidad aquí. El ejemplo perfecto de una obra maestra entre las caricaturas retro que tanto amamos. Secuencias dinámicas, chistes familiares, pistas pregrabadas de risa (como una sitcom), colores que nos trasladan a una época y un tema musical que ha trascendido el tiempo, no hay forma de no adorarla. Una historia que, de hecho, no fue creada por la HB, sino por  DePatie–Freleng Enterprises para transmitirse por la ABC y la NBC en Estados Unidos.