Los papas de Aviñón: la Iglesia en el exilio

El Papa Clemente V se entronizó en Lyon y jamás pisó la Ciudad del Vaticano.

Tras el nombramiento de Robert Francis Prevost​​ como el papa León XIV, y considerando que es el primer jefe del Estado Vaticano nacido en Estados Unidos, vale la pena recordar los años que la Santa Sede cambió su asentamiento a una ciudad en Francia.

Durante sesenta años, la Santa Sede se asentó en la ciudad de Aviñón, donde los pontífices que se sucedieron pusieron en pie una de de las cortes más brillantes de la Edad Media

A principios del siglo XIV, Aviñón era una modesta ciudad del valle del Ródano. Tenía alrededor de 6,000 habitantes, era la sede de un pequeño obispado y disfrutaba de una universidad que acababa de abrir sus puertas.

Su fisonomía cambió radicalmente en pocos decenios. A finales de siglo, la ciudad albergaba una población de más de 30,000 personas, equivalente a la de Florencia o Nápoles y sólo superada por la de París, mientras sus calles eran frecuentadas por prelados, príncipes y reyes.

Esta transformación se debe a los siete papas que residieron en Aviñón entre 1309 y 1377 e hicieron de este enclave la capital de la Cristiandad.

El primer pontífice que puso los pies en la ciudad provenzal fue Clemente V, de origen francés y arzobispo de Burdeos.

Elegido papa por un concilio reunido en Perugia, Clemente nunca acudió a Roma para tomar posesión de la catedral de San Pedro, sino que fue entronizado en Lyon y, tras recorrer diversas ciudades francesas (Cluny, Nevers, Burdeos, Poitiers), llegó a Aviñón el 9 de marzo de 1309, donde se instaló en el austero convento de los dominicos.

De hecho, desde hacía tiempo los papas evitaban Roma, convertida en escenario de luchas interminables entre las grandes familias aristocráticas. Además de ofrecer sosiego al jefe de la Iglesia, Aviñón era el lugar ideal donde el pontífice podía aguardar la apertura del importante concilio convocado en Vienne, otra ciudad de la Provenza.

Bajo la sombra de Francia

Aviñón no era propiamente una localidad francesa: se hallaba en el condado del Venaissin, del cual eran dueños los Anjou, vasallos del papa.

No era, pues, una tierra extraña, aunque la instalación de los pontífices en Aviñón constituyó un símbolo de la tutela que el rey francés Felipe IV el Hermoso ejercía entonces sobre el papado, y que se manifestó en la disolución de la orden del Temple, decretada por Clemente bajo la presión del monarca galo en 1312, durante el concilio de Vienne.

La supresión del Temple es uno de los hechos que han forjado la imagen de un papado sometido a los designios de Francia, aunque esta imagen debe matizarse: Clemente, por ejemplo, no llegó a abrir –como quería el rey francés– un proceso contra Bonifacio VIII, papa con el que Felipe IV había mantenido un duro enfrentamiento. De hecho, tras la muerte de este monarca la influencia de los soberanos franceses sobre el papado declinó, si bien, en términos generales, los pontífices se manifestaron favorables a Francia frente a Inglaterra, enfrentadas desde 1337 en la guerra de los Cien Años.

El rey de Francia Felipe IV (1285-1314) asestó un golpe mortal a las aspiraciones papales de supremacía sobre los poderes laicos, con el arresto de Bonifacio VIII en Anagni (1303). Los papas de Aviñón, sucesores de éste, renunciaron a hacer de la Iglesia un poder universal. Felipe recibe el homenaje del rey inglés Eduardo I en una miniatura de las Grandes Crónicas de Francia, publicadas en Tours hacia 1460, Biblioteca Nacional de Francia, París.

Es verdad que todos los pontífices de Aviñón fueron de origen francés, y que 111 de los 134 cardenales promovidos hasta 1378 fueron igualmente franceses. Pero no es menos cierto que mientras el papado había permanecido en Italia la mayoría de los cardenales eran italianos, mientras se sucedían pontífices también italianos.

La instalación del papado en Aviñón pareció, al comienzo, algo transitorio. Pero Juan XXII (1316-1334), el sucesor de Clemente V, vivió allí durante todo su pontificado, y el papa que le siguió, Benedicto XII (1334-1342) comenzó la construcción de un palacio pontificio, completado por el siguiente papa, Clemente VI (1342-1352).

Era una residencia espléndida, propia de un rey. La magnificencia del recinto se correspondía con la del papa. En 1347, Clemente adquirió 40 sábanas de Damasco tejidas con hilo de oro, al tiempo que destinaba a su guardarropa 1,800 pieles de armiño.

Alrededor del pontífice, el astro de Aviñón, se movían los cardenales, que mantenían cortes principescas y se entregaban a una vida ostentosa en la que no faltaban brotes de disipación.

Los pontífices no sólo gozaban en Aviñón de mayor tranquilidad que en la turbulenta Roma, sino que también puede decirse que se hallaban en el lugar ideal para dirigir una institución que no era romana, ni italiana y ni siquiera mediterránea, sino europea.

El dinero que fluía a la ciudad provenzal era la prueba de que los papas de Aviñón habían logrado poner en pie una fiscalidad eficiente con la que afrontar los inmensos gastos en que se vieron envueltos, y que iban desde la protección de los partidarios del poder papal en Italia, los güelfos, hasta la construcción del palacio aviñonense, el mantenimiento de la burocracia y el sustento de la fastuosa corte pontificia, así como el mecenazgo de artistas e intelectuales (que absorbió en torno al cuatro por ciento de sus rentas), pasando, ya en tiempos de los dos últimos papas, por las campañas de pacificación del cardenal Gil de Albornoz en los Estados de la Iglesia y la contratación de condottieri con ese propósito.

Las rentas papales llegaron a ser tan elevadas que, en Europa occidental, sólo las superaban las de Francia, Inglaterra y Nápoles. Prácticamente la mitad de los ingresos procedía de la reserva en la colación de beneficios, por la que quien era designado titular de un beneficio eclesiástico (abadía, obispado) debía aportar una parte de las rentas vinculadas al mismo. Pero el largo brazo de la fiscalidad pontificia alcanzaba también a los “despojos” (los bienes de clérigos difuntos) y las “vacantes” (mientras un beneficio estaba sin cubrir, todos los ingresos que producía iban al papa).

Muchos contemporáneos criticaron esta orientación de la Santa Sede, que atribuían a la ambición de los papas. Pero con los recursos así obtenidos los pontífices lograron edificar la maquinaria administrativa más compleja de Europa (la Curia llegó a tener unos 500 miembros) y pudieron volver a una Roma ya pacificada, como santa Catalina de Siena pidió a Gregorio XI, el papa que tomó esta trascendental decisión.