Impreso o electrónico: ¿cómo impacta la tecnología en nuestra lectura?

Un video viral de YouTube de octubre de 2011 muestra cómo una niña de un año desliza sus dedos por la pantalla táctil de un iPad, reorganizando grupos de iconos. En las escenas siguientes, parece pellizcar, deslizar y tocar las páginas de revistas de papel como si también fueran pantallas. Cuando no ocurre nada, presiona contra su pierna sólo para confirmar que su dedo funciona perfectamente.

El padre de la niña, Jean-Louis Constanza,  afirma que una revista es un iPad que no funciona, como una observación que revela una transición generacional. “La tecnología codifica nuestras mentes”, escribe en la descripción del vídeo. “Las revistas ahora son inútiles e imposibles de entender para los nativos digitales”, es decir, para las personas que interactúan con tecnologías digitales desde muy temprana edad.

Quizás su hija realmente esperaba que las revistas de papel respondieran de la misma manera que un iPad. O tal vez no tenía ninguna expectativa en absoluto, tal vez solo quería tocar las revistas. Los bebés tocan todo. Los niños pequeños que nunca han visto una tableta o un lector electrónico como el Kindle extienden la mano y pasan los dedos por las páginas de un libro de papel; tocan una ilustración que les gusta; incluso prueban la esquina de un libro. Los llamados nativos digitales interactúan con una mezcla de revistas y libros de papel, así como tabletas, teléfonos inteligentes y lectores electrónicos; usar un tipo de tecnología no es impedimento para comprender otra.

Sin embargo, el video pone de relieve una pregunta importante: ¿cómo cambia exactamente la tecnología que usamos para leer la forma en que leemos? Cómo la lectura en pantallas difiere de la lectura en papel es relevante no solo para los más pequeños, sino para casi todos los que leen, para cualquiera que habitualmente alterna entre trabajar largas horas frente a una computadora en la oficina y leer tranquilamente revistas y libros de papel en casa; a quienes han adoptado los lectores electrónicos por su comodidad y portabilidad, pero admiten que, por alguna razón, aún prefieren leer en papel; y a quienes ya han prometido renunciar por completo a la pulpa de papel.

A medida que los textos y las tecnologías digitales se vuelven más comunes, obtenemos nuevas formas de lectura más móviles, pero ¿seguimos leyendo con la misma atención y profundidad? ¿Cómo responde nuestro cerebro de manera diferente al texto en pantalla que a las palabras en papel? ¿Deberíamos preocuparnos por dividir nuestra atención entre píxeles y tinta, o la validez de tales preocupaciones es infundada?

Vayamos por partes

Cuando hablamos de libros electrónicos hay que decir que, en 2025, el mercado mundial de libros electrónicos muestra un crecimiento sólido, con proyecciones que sitúan el valor del mercado de libros en línea cerca de los 26,040 millones de dólares. El sector en español se recupera, alcanzando al 31.7% de la población lectora, impulsado por la ficción y dispositivos e-reader, mientras el fenómeno #BookTok genera millones en ventas.

Los lectores electrónicos (e-readers) como el Kindle Paperwhite 12 y Kobo Libra Color lideran las preferencias para la experiencia de lectura en 2025.

Títulos de narrativa española, novela negra y crecimiento personal como La península de las casas vacías, de David Uclés, y Hábitos atómicos, de James Clear, destacan en las listas de ventas.

El fenómeno #BookTok ha sido fundamental en 2025, impulsando ventas millonarias en Europa, con España generando ingresos significativos de más de 116 millones de euros gracias a esta comunidad en TikTok.

Por otro lado, en 2025, el mercado del libro impreso muestra tendencias mixtas: en México se estiman 32 millones de ejemplares vendidos en librerías, un aumento de 3.6%, con un valor de 8,826 millones de pesos, aunque la industria enfrenta retos por la falta de compras gubernamentales. En España, el sector mantiene un crecimiento sólido cercano al 4% en valor, con más de 76 millones de libros impresos vendidos.

Pero, ¿qué pasa en nuestra cabeza?

Desde al menos la década de 1980, investigadores de diversos campos —como la psicología, la ingeniería informática y la bibliotecología y ciencias de la información— han estudiado qué es mejor, el libro impreso o el electrónico en al menos 100 ocasiones, con sus resultados publicados, y ni siquiera nos acercamos a resolver este tema.

Antes de 1992, la mayoría de los estudios concluían que las personas leían más despacio, con menos precisión y de forma menos exhaustiva en pantallas que en papel.

Los estudios publicados desde principios de la década de 1990 han arrojado resultados más inconsistentes: una ligera mayoría ha confirmado conclusiones anteriores, pero casi la misma cantidad ha encontrado pocas diferencias significativas en la velocidad o la comprensión lectora entre el papel y las pantallas. Además, encuestas recientes sugieren que, si bien la mayoría de las personas aún prefiere el papel —sobre todo al leer intensivamente—, las actitudes están cambiando a medida que mejoran las tabletas y la tecnología de lectura electrónica, y la lectura de libros digitales para informarse y entretenerse se vuelve más común. En Estados Unidos, los libros electrónicos representan actualmente entre el 15 y el 20 por ciento de las ventas totales de libros.

Aun así, la evidencia de laboratorio, encuestas e informes de consumidores indica que las pantallas modernas y los lectores electrónicos no recrean adecuadamente las experiencias táctiles de la lectura en papel, además de que impiden que las personas naveguen por textos largos de manera intuitiva y satisfactoria.

Estas dificultades de navegación pueden inhibir sutilmente la comprensión lectora. En comparación con el papel, las pantallas también pueden consumir más recursos mentales mientras leemos y dificultar un poco la memorización de lo leído una vez terminado.

Una línea de investigación paralela se centra en las actitudes de las personas hacia los diferentes tipos de medios. Consciente o inconscientemente, muchas personas se acercan a las computadoras y tabletas con una mentalidad menos propicia para el aprendizaje que la que tienen con el papel.

Hay un acto físico en leer que no se consigue con la lectura digital. Esa “fisicalidad” refiere a la sinapsis con la que comprendemos la lectura.

Navegando paisajes textuales

Entender cómo la lectura en papel es diferente de la lectura en pantallas requiere alguna explicación de cómo el cerebro interpreta el lenguaje escrito. A menudo pensamos en la lectura como una actividad cerebral que se ocupa de lo abstracto: de pensamientos e ideas, tono y temas, metáforas y motivos.

Sin embargo, para nuestro cerebro, el texto es una parte tangible del mundo físico que habitamos. De hecho, el cerebro considera las letras como objetos físicos porque realmente no tiene otra forma de entenderlas.

No nacemos con circuitos cerebrales dedicados a la lectura, porque incluso la escritura es una invento relativamente reciente en nuestra historia evolutiva, alrededor del cuarto milenio a. C., por eso el cerebro humano improvisa un circuito completamente nuevo para la lectura entrelazando varias regiones de tejido neural dedicadas a otras habilidades, como el lenguaje hablado, la coordinación motora y la visión.

Algunas de estas regiones cerebrales reutilizadas están especializadas en el reconocimiento de objetos: son redes de neuronas que nos ayudan a distinguir instantáneamente una manzana de una naranja, por ejemplo, y a la vez clasificar ambas como fruta.

Así como que aprendemos las características de la fruta, aprendemos a reconocer cada letra por su particular disposición de líneas, curvas y espacios huecos. Algunas de las formas más antiguas de escritura, como la cuneiforme sumeria, comenzaron como caracteres con la forma de los objetos que representaban: la cabeza de una persona, una espiga de cebada, un pez. Algunos investigadores ven rastros de estos orígenes en los alfabetos modernos: la C como media luna, la S como serpiente.

Los caracteres especialmente complejos, como los hanzi chinos y los kanji japoneses, activan regiones motoras del cerebro implicadas en la formación de esos caracteres en el papel: el cerebro realiza literalmente los movimientos de la escritura al leer, incluso con las manos vacías. Investigadores descubrieron recientemente que ocurre algo similar, aunque de forma más sutil, cuando algunas personas leen en letra cursiva.

Más allá de tratar las letras individuales como objetos físicos, el cerebro humano también puede percibir un texto en su totalidad como una especie de paisaje físico. Al leer, construimos una representación mental del texto en la que el significado está anclado a la estructura.

La naturaleza exacta de estas representaciones aún no está clara, pero son, probablemente, similares a los mapas mentales que creamos del terreno —como montañas y senderos— y de los espacios físicos artificiales, como apartamentos y oficinas.

Tanto de forma anecdótica como en estudios publicados, la gente comenta que, al intentar localizar una información escrita concreta, a menudo recuerdan en qué parte del texto aparecía.

En la mayoría de los casos, los libros de papel tienen una topografía más evidente que el texto en pantalla. Un libro de bolsillo abierto presenta al lector dos dominios claramente definidos —las páginas izquierda y derecha— y un total de ocho esquinas para orientarse.

Un lector puede centrarse en una sola página de un libro de papel sin perder de vista el texto completo: puede ver dónde empieza y termina el libro y dónde se encuentra una página en relación con esos límites. Incluso puede sentir el grosor de las páginas que se leen en una mano y las que se leerán en la otra.

Pasar las páginas de un libro de papel es como dejar una huella tras otra en un sendero: tiene su ritmo y deja una marca visible de la distancia recorrida. Todas estas características no solo facilitan la navegación por el texto, sino que también ayudan a crear un mapa mental coherente.

En cambio, la mayoría de las pantallas, lectores electrónicos, teléfonos inteligentes y tabletas interfieren con la navegación intuitiva y dificultan la visualización del texto. Un lector de texto digital puede desplazarse por un flujo continuo de palabras, avanzar página a página o usar la función de búsqueda para encontrar una frase específica, pero al cerebro le resulta difícil comprender el contexto de un pasaje en particular.

Aunque los lectores electrónicos como el Kindle y las tabletas como el iPad recrean la paginación —a veces con números de página, encabezados e ilustraciones—, la pantalla solo muestra una página virtual: aparece y desaparece. En lugar de recorrer el camino uno mismo, los árboles, las rocas y el musgo pasan ante nosotros en destellos sin dejar rastro de lo anterior y sin forma de ver lo que hay por delante.

Al menos algunos estudios sugieren que, al limitar la forma en que las personas navegan por los textos, las pantallas perjudican la comprensión. En un estudio publicado en enero de 2013, Anne Mangen, de la Universidad de Stavanger en Noruega, y sus colegas pidieron a 72 estudiantes de décimo grado con una capacidad lectora similar que estudiaran un texto narrativo y uno expositivo, cada uno de aproximadamente 1500 palabras. La mitad de los estudiantes leyó los textos en papel y la otra mitad los leyó en archivos PDF en computadoras con monitores LCD de 15 pulgadas. Posteriormente, los estudiantes completaron pruebas de comprensión lectora que consistían en preguntas de opción múltiple y de respuesta corta, durante las cuales tuvieron acceso a los textos. Los estudiantes que leyeron los textos en computadoras obtuvieron resultados ligeramente inferiores a los que los leyeron en papel.

Mangen cree que a los estudiantes que leyeron archivos PDF les resultó más difícil encontrar información específica al consultar los textos. Los voluntarios que usaban computadoras solo podían desplazarse o hacer clic en los PDF sección por sección, mientras que los estudiantes que leían en papel podían sostener el texto completo en sus manos y cambiar rápidamente entre diferentes páginas. Debido a su fácil navegación, los libros y documentos en papel pueden ser más adecuados para la absorción de un texto.

Apoyando esta investigación, las encuestas indican que las pantallas y los lectores electrónicos interfieren con otros dos aspectos importantes de la navegación de textos: la serendipia y la sensación de control. Las personas dicen que disfrutan pasando a una sección anterior de un libro en papel cuando una frase les trae a la memoria algo que leyeron antes, por ejemplo, o escaneando rápidamente hacia adelante por impulso. A las personas también les gusta tener el mayor control posible sobre un texto: subrayar con tinta química, escribir notas fácilmente para sí mismas en los márgenes y deformar el papel como quieran.

Debido a estas preferencias —y a que alejarse de las pantallas multiusos mejora la concentración— la gente afirma consistentemente que cuando realmente quiere sumergirse en un texto, lo lee en papel.

En una encuesta de 2011 a estudiantes de posgrado de la Universidad Nacional de Taiwán, la mayoría informó haber hojeado algunos párrafos en línea antes de imprimir el texto completo para una lectura más profunda. Una encuesta de 2008 a personas nacidas entre 1980 y principios de la década de 2000, en la Universidad Salve Regina en Rhode Island concluyó que, “cuando se trata de leer un libro, incluso ellos prefieren el buen y viejo papel impreso”. Y en un estudio de 2003, en una encuesta realizada en la Universidad Nacional Autónoma de México, casi el 80% de los 687 estudiantes encuestados prefirieron leer textos en papel en lugar de en una pantalla para “entenderlos con claridad”.

(Con información de Science American, Caniem y Bookwire)